Las abejas nativas multiplican las cosechas
Una investigación de la UNR y el Conicet revela el impacto invisible de los polinizadores locales en los rindes agrícolas de la región.
A las cinco de la mañana, cuando la región todavía duerme, una abeja nativa vuela en la penumbra de una huerta periurbana. Su objetivo son las flores de zapallito, que acaban de abrirse con las primeras luces del día. El cuerpo de este insecto está perfectamente adaptado para cargar un polen pesado que el viento es incapaz de mover por sí solo. Este recorrido silencioso, repetido de flor en flor, constituye un motor biológico invisible que define el tamaño, la forma y el éxito comercial de las hortalizas que pocas horas después poblarán los mercados de Rosario. Los pormenores de este monitoreo revelan una trama ecológica tan compleja como determinante para la economía regional.
Quien lidera la deconstrucción de este fenómeno es Mariana Mazzei, licenciada en Recursos Naturales por la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario, doctora en Ciencias Biológicas por la Universidad Nacional de Córdoba e investigadora del Instituto de Investigaciones en Ciencias Agrarias de Rosario (Iicar-Conicet). Durante los últimos nueve años, Mazzei se ha sumergido en el estudio de la sostenibilidad agrícola, buscando promover procesos ecosistémicos que incrementen los rendimientos sin degradar el entorno, con un foco riguroso en la interacción cultivo-polinizador.
Su experiencia abarca sistemas productivos diversos, evaluando el comportamiento de insectos en parcelas de tomate, calabaza, chía, kiwi, soja, girasol y colza. Tras completar pasantías en el Reino Unido y un posdoctorado en la Università di Bologna (Italia) donde analizó las políticas agroambientales de la Unión Europea en viñedos y manzanares, regresó a las tierras santafesinas para dar respuestas locales.
El punto de partida de este trayecto se remonta a 2016, cuando Mazzei abordó el cultivo de colza para su tesina de grado en la UNR. “La idea original era comprobar cómo las abejas aumentaban de forma tangible los rendimientos, algo que evaluamos a través del número de semillas y de frutos, y medir cómo la cercanía a ambientes seminaturales potenciaba la abundancia de estos insectos”, detalla la investigadora.

Esos entornos no productivos actúan como verdaderos salvavidas para la fauna benéfica. Cuando el cultivo principal es cosechado y las flores desaparecen, las abejas necesitan alimentarse en otros espacios y construir nidos en áreas estables, a resguardo del paso continuo de la maquinaria agrícola. “Ahí descubrimos que esos parches de refugio no tienen que ser necesariamente hectáreas de bosque nativo impenetrable; muchas veces basta con el casco arbolado de una vieja estancia que posea flores y vegetación diversa”, añade.
El salto metodológico más desafiante se consolidó durante su investigación doctoral, cuando el equipo decidió trasladarse de los cultivos netamente extensivos hacia los dinámicos entornos del periurbano rosarino. El estudio hizo foco en un entramado de huertas pequeñas y diversificadas próximas al río Paraná, abarcando establecimientos en las localidades de Zavalla, Funes, Arroyo Seco y Soldini. Para obtener una radiografía certera que eludiera anomalías climáticas estacionales, el trabajo se extendió a lo largo de tres temporadas consecutivas: los veranos de 2020, 2021 y 2022.
“El zapallito fue nuestro cultivo modelo por sus características botánicas”, explica Mazzei. Al ser una planta con flores masculinas y femeninas separadas y poseer un polen sumamente pesado, la acción del viento o la autopolinización son inviables; requiere obligatoriamente de las abejas para formar el fruto. El despliegue logístico fue intensísimo: durante los meses de diciembre y enero, bajo temperaturas extremas, los investigadores visitaron un total de 22 fincas al menos tres veces por temporada.
La rutina consistía en apostarse frente a las plantas por la mañana, registrar minuciosamente cada polinizador que tocaba la flor, marcar las flores femeninas y regresar exactamente cinco días después —dado el veloz crecimiento de este cultivo— para cosechar y medir exhaustivamente el tamaño y la simetría de los frutos obtenidos. El monitoreo biológico se complementó con entrevistas semiestructuradas a los productores para relevar las aplicaciones de fitosanitarios y la gestión interna del lote.

Fue en medio de esas jornadas extenuantes donde emergió el gran hito del estudio: el redescubrimiento de la cera fervens. Se trata de una abeja nativa de la región de la cual la comunidad científica local no poseía registros ni avistamientos actualizados desde el año 1900. “La especie lógicamente existía y habitaba el territorio, pero no figuraba en las bases de datos porque nadie se dedicaba a buscarla sistemáticamente en el campo; la fauna está, pero hace falta que la ciencia vaya a estudiarla”, reflexiona la doctora.
Esta abeja nativa coevolucionó de manera estrecha con el zapallito y posee una sincronización perfecta para su polinización: inicia su actividad a las 5 o 6 de la mañana apenas abre la flor y cuenta con la fisonomía ideal para trasladar el polen pesado de manera óptima.
Sin embargo, la supervivencia de la cera fervens y sus pares nativos pende de un hilo biológico. A diferencia de la abeja melífera comercial, muchas de estas especies anidan directamente en el suelo o en huecos de árboles maduros. Si el productor remueve la tierra constantemente o elimina los bordes con vegetación espontánea, las hembras pierden sus nidos, interrumpiendo la descendencia de la siguiente generación y provocando el colapso de la población local.
Las conclusiones del estudio determinaron de forma contundente que las huertas que exhibían mayor abundancia y diversidad de insectos eran aquellas de manejo sostenible o agroecológico, que prescindían de insecticidas altamente perjudiciales o que restringían rigurosamente sus aplicaciones fuera de los períodos críticos de floración.
El efecto paisaje
El aporte más disruptivo de la investigación de Mazzei interpela de forma directa la visión tradicional de la administración agropecuaria basada en la parcela individual. La naturaleza y los procesos ecosistémicos no reconocen límites catastrales ni títulos de propiedad; se rigen por lo que en la disciplina ecológica se denomina el “efecto paisaje”.
“Los datos nos demostraron algo complejo: si un productor decide implementar las mejores prácticas ambientales de forma aislada en su lote, manteniendo bordes floridos y cuidando el uso de químicos, pero está completamente solo en el paisaje, rodeado de campos con manejos convencionales agresivos y sin refugios seminaturales, el impacto positivo sobre las abejas es lamentablemente muy bajo”, advierte Mazzei.
El esfuerzo individual se diluye en un entorno homogéneo y hostil. Por ello, la científica remarca que la verdadera transición hacia una agricultura eficiente y sustentable exige empezar a planificar colectivamente a escala regional. Si bien el productor no puede controlar lo que ocurre más allá de su propiedad, el sector suele moverse por un fuerte componente de imitación: cuando se constatan beneficios económicos y mejoras de rinde tangibles en un campo lindero que aplica criterios ecológicos, los vecinos tienden a copiar el modelo.
El gran desafío actual radica en que estas prácticas basadas en procesos biológicos demandan una presencia constante en el terreno para monitorear qué insectos entran y salen, una dinámica que colisiona frecuentemente con los modelos modernos de producción delegada y propietarios ausentes.
Actualmente, bajo el amparo de una beca postdoctoral de Conicet, Mazzei expande sus líneas de trabajo regresando a la escala macro de los cultivos extensivos: la soja, el girasol y el maní. La meta es desentrañar cómo la heterogeneidad del paisaje regula los rindes en macroparcelas, un proyecto coordinado en red con el Instituto de Biología Molecular Vegetal (INIBIO) de la Universidad Nacional de Córdoba, articulando esfuerzos con un equipo que incluye a investigadores y becarios de ambas provincias.
Los impactos varían notablemente según la fisiología de cada planta. Mientras que en el girasol, la colza o el maní la presencia de polinizadores alternativos (incluyendo mariposas y ciertas moscas) dispara la calidad del grano y el porcentaje de aceite, la soja encarna el escenario más controversial y debatido por la ciencia. “Depende drásticamente de la variedad genética y de las condiciones locales; frente a picos de temperatura extrema en verano, la flor de la soja directamente no abre, recurre a la autopolinización encapsulada y la intervención de los insectos se vuelve irrelevante”, detalla. Por el contrario, cultivos como el kiwi presentan sexos separados por planta, volviendo la polinización por abejas un requisito absoluto para la existencia misma del fruto.
A nivel institucional, el debate empieza a dar sus primeros pasos. En la Legislatura de Santa Fe hay un proyecto de ley provincial para la protección de polinizadores. Aunque la norma está muy enfocada en la preservación de la abeja europea (Apis mellifera) por su valor en la cadena de la miel, Mazzei lo considera un excelente punto de partida. Al proteger los entornos para la abeja comercial, por inercia y coexistencia, se resguarda también a ese universo de abejas nativas que, desde las cinco de la mañana, sostienen el equilibrio ambiental de la región.
Periodista: Victoria Arrabal
Fuente: Universidad Nacional de Rosario
