La ciencia cuando alguien la cuenta

La ciencia cuando alguien la cuenta

Crónica de una charla de Alberto Kornblihtt en Paraná, entre la crisis del sistema científico argentino, la universidad pública y las historias concretas de quienes viven los resultados de la investigación.

Colaboración: Daniela Farfala 

Ilustración de portada: Juli Farfala

El auditorio Rodolfo Walsh de la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNER estaba casi completo. Todavía seguía entrando gente y, unos minutos después, las butacas terminaron de ocuparse. Era un público amplio, con estudiantes, docentes, investigadores y personas de distintas edades que habían llegado hasta ahí para escuchar a Alberto Kornblihtt.

Me senté adelante, a un costado, a tres filas del escenario.

Yo había llegado cansada. Pero desde que comenzó la presentación, y mientras Alberto Kornblihtt empezaba a hablar, fui despertándome.

Primero fue la atención. Después la curiosidad. En distintos momentos, la emoción.

Hay algo particular en la manera en que Kornblihtt habla de ciencia. No parece tratar de simplificarla para que podamos entenderla. Hace algo diferente: nos invita a entrar.

La actividad llevaba por título “La ciencia en la Argentina de la motosierra”. Y la motosierra está  ahí. En el financiamiento que falta, en los proyectos que se interrumpen, en las becas, en los salarios, en las condiciones de trabajo y en la incertidumbre de quienes están empezando una carrera científica y no saben si podrán continuarla.

Kornblihtt habló de eso sin rodeos.

Pero la discusión no quedó reducida a cuánto dinero se destina a ciencia. Apareció una pregunta más amplia: ¿qué lugar ocupa la ciencia en el proyecto de país que estamos construyendo?

El investigador relacionó el deterioro del sistema científico con un modelo económico que, según planteó, puede prescindir de buena parte de las capacidades propias de investigación y desarrollo. Y entonces la discusión deja de ser solamente sobre ciencias.

Pasa a ser una discusión sobre el país.

También habló de las juventudes  que se forman durante años, realizan sus doctorados, investigan, enseñan y producen conocimiento, pero empiezan a mirar hacia otros lugares porque acá no encuentran un horizonte.

Esa parte me resultó difícil de escuchar desde una distancia cómoda. Me sentí parte de esa juventud que nombraba. De quienes pueden reconocer que en otros países existen oportunidades que hoy parecen más accesibles y, al mismo tiempo, sienten una contradicción difícil de explicar: amar profundamente este país, creer en su potencial, tener convicciones fuertes sobre lo que podría ser y preguntarse cuánto tiempo más se puede esperar.

La ciencia, esa noche, tampoco me resultaba ajena.

Kornblihtt venía hablando de un sistema científico atacado en sus condiciones materiales. Ahora mostraba otra dimensión del problema: también existe una disputa por el sentido. Y entonces apareció una palabra que él mismo decidió recuperar: subversivo.

Había hablado antes de los discursos que presentan a las universidades como enemigas y a científicos y estudiantes como amenazas. Frente a esa acusación, explicó que no se considera terrorista, pero sí un poco subversivo. No porque la palabra signifique terrorismo, una asociación que, según explicó, se fue instalando con el tiempo, sino porque subvertir significa no conformarse con el poder establecido, enfrentarlo desde el discurso y desde la acción. 

La universidad, dijo, es precisamente uno de los lugares donde se produce pensamiento crítico. Y quizás por eso incomoda.

Después de hablar de presupuestos, políticas públicas, universidades e investigadores, Kornblihtt empezó a hablar de ciencia.

De verdad.

Y la charla cambió.

Aparecieron la biología molecular, el ADN, Darwin, la evolución, Watson y Crick, Rosalind Franklin, el ARN, los genes y el splicing. Conceptos que podrían parecer muy lejanos para quienes no trabajamos en un laboratorio comenzaron a formar parte de la conversación. No era necesario entenderlo todo. Él mismo lo decía: si algo no se entiende, se puede saltear y seguir. Pero queríamos seguir.

Kornblihtt explica, vuelve sobre una idea, se corrige, hace un chiste, cuenta una anécdota. Se detiene en algo que parece mínimo y encuentra allí una pregunta enorme. La ciencia aparece entonces no como un conjunto de respuestas terminadas, sino como una forma de mirar: observar, hacerse preguntas, probar, equivocarse, volver a intentar.

Y quizás ahí esté una de las cosas más fascinantes de presenciar una charla así: no hace falta entenderlo todo para querer entender algo más.

Durante casi dos horas, una sala llena de personas de edades y recorridos diferentes permaneció atenta a una explicación sobre moléculas.

Eso también dice algo.

En algún momento aparece una enfermedad: la atrofia muscular espinal.

Kornblihtt cuenta cómo, alrededor de 2015 o 2016, familiares de infancias afectadas  se acercaron a él. Al principio no tenía nada para ofrecerles. Existían investigaciones desarrolladas en otros lugares y tratamientos que todavía no estaban disponibles de la manera que  necesitaban.

Pero aquella conversación abrió una línea de investigación.

Después vinieron los experimentos y los resultados. Y con ellos, la posibilidad de que aquello que se investigaba en un laboratorio tuviera consecuencias concretas para personas concretas.

Hasta ese momento, palabras como “investigación básica”, “sistema científico” o “financiamiento” podían sonar enormes y abstractas.

De pronto apareció una familia.

Cuando la exposición termina, alguien del público pide el micrófono. Una mujer cuenta que su familia forma parte de FAME desde hace más de diez años. Habla de sus hijos que padecen atrofia muscular espinal (AME).

Cuenta que su hijo más chico recibe el medicamento Nusinersen y que hoy juega al fútbol en silla de ruedas. Cuenta que su hija mayor estudia Ingeniería y que, siendo una persona con AME tipo 3, puede desplazarse perfectamente. Habla de las dosis, de los años y de lo que significó para su familia  ese tratamiento.

Y entonces dice algo que, después de dos horas de charla, adquiere otro peso: la investigación que pueda sostenerse en nuestro país es fundamental.

La sala aplaude.

Yo miro a Kornblihtt.

No sé qué sintió. Sería demasiado fácil ponerle palabras a un gesto ajeno. Pero me pareció verlo conmovido. Quizás porque esa historia volvía hacia él de una manera inesperada. Él acababa de hablar de una investigación; ahora tenía delante a una familia cuya vida podía contar, en primera persona, qué significa que esa investigación exista.

La escena me produjo ternura y, al mismo tiempo, me hizo hervir la sangre.

Porque detrás de una dosis hay años de trabajo, preguntas que alguien decidió investigar cuando todavía no sabía en qué podían convertirse, equipos, instituciones, financiamiento y conocimiento acumulado.

Después Kornblihtt contó que una empresa argentina había comenzado a fabricar un genérico de Nusinersen y que su equipo había participado en su validación experimental.

Otra vez, la palabra “ciencia” dejaba de ser abstracta. Estaba ahí.

Hay una frase de Federico Ariel, al comienzo de la actividad, que terminó funcionando para mí como una llave para entender la noche: -“si solamente defendemos la ciencia en la calle, tenemos que dejar las pipetas; y si dejamos las pipetas, perdimos la batalla.”

Quizás esa sea una de las tensiones más difíciles del presente. Hay que defender la ciencia en la calle. Discutir presupuestos. Reclamar por las becas, los salarios, las instituciones y por quienes recién empiezan.

Pero también hay que volver al laboratorio. Investigar. Preguntar. Equivocarse. Probar. Enseñar. Contar.

Porque una sociedad puede marchar para defender la ciencia, pero también necesita comprender por qué vale la pena defenderla.

Y esa noche Kornblihtt hizo algo que me parece profundamente político, incluso cuando estaba hablando de una célula: nos mostró por qué.

Al final habló del pensamiento crítico.

De la necesidad de no aceptar una afirmación simplemente porque alguien la pronuncia. De preguntarse por qué. De mirar con atención. De detenerse antes de creer.

Recuperó un lema de la Academia de Ciencias de Brasil: usar la cabeza.

Usarla al votar. Al opinar. Al discutir. Al enfrentarnos a una afirmación que parece cierta solamente porque circula muchas veces.

La sala volvió a aplaudir.

Yo había llegado cansada, como tantas personas que estamos atravesando este tiempo difícil. 

Pero durante esas dos horas fui despertándome, no solamente del cansancio, sino de algo más difícil de nombrar: de la posibilidad de volver a mirar con atención algo que creía demasiado lejano.

Porque durante esas dos horas la ciencia había dejado de ser algo que ocurre en laboratorios lejanos (como solemos imaginar) financiado en presupuestos que casi nadie lee, y había pasado a estar ahí: en una sala de Paraná, en las palabras de un científico, en una familia, en las preguntas de quienes escuchaban y en la posibilidad, todavía abierta, de imaginar un país capaz de producir conocimiento y ponerlo al servicio de la vida.

Quizás por eso, cuando salí, pensé algo muy sencillo: Ojalá más personas pudieran escucharlo así.

En un contexto que muchas veces nos invita al cansancio, al cinismo o a la resignación, escuchar a alguien hablar apasionadamente de conocimiento también puede ser una forma de recuperar horizonte. 

Sobre la charla

Titulada “La ciencia en la Argentina de la motosierra”, la charla tuvo lugar en  la Facultad de Ciencias de la Educación FCEdu – UNER (Paraná) el  Jueves 20 de agosto de 2026. Organizaron: FCEdu, Centro Susana Froy, APYME y Argentina Humana.

Redacción IDL