Que la guerra no nos sea indiferente
Las dos caras de la ciencia: una vinculada al poder político-bélico, la otra relacionada con el bien común.
Está iba a ser una editorial sobre la misión espacial Artemis II, especialmente, sobre ATENEA, el nanosatélite orgullo de la universidad y ciencia pública que coloca a Argentina en la vanguardia regional. Pero la guerra es un asunto inminente que no podemos obviar: “es un monstruo grande y pisa fuerte”.
Para quienes desarrollamos el oficio de comunicación y periodismo en ciencias, estos tiempos de enfrentamiento bélico nos trastocan, nos ponen en una contradicción incómoda, plantea una duda razonable. Es que las ciencias y tecnologías que cubrimos con pasión, y de la cual somos fervientes defensores como respuesta y camino de una sociedad justa, equitativa y democrática, tiene también un historial (nada agradable) de vinculación con la guerra.
A lo largo de la historia moderna, la ciencia y la tecnología no han sido espectadoras de los conflictos humanos, sino protagonistas centrales de su evolución. Esta relación ha configurado lo que podríamos llamar las dos caras de la ciencia y tecnología: una orientada al incremento del poder bélico y la ventaja estratégica, y otra que ha buscado preservar la vida y transformar el saber en un bien común para la humanidad.
La Primera Guerra Mundial fue el escenario del debut masivo de las armas químicas. Científicos de renombre, como Fritz Haber, dirigieron el desarrollo y uso de gases venenosos, transformando el laboratorio en una extensión de las trincheras. Paradójicamente, la urgencia del frente aceleró avances médicos cruciales. Se perfeccionaron las técnicas de transfusión sanguínea y se desplegaron las petites Curies, unidades móviles de rayos X impulsadas por Marie Curie.
La Segunda Guerra Mundial, representa el fin del optimismo ingenuo en las ciencias. Durante este conflicto se consolidó la alianza estructural entre el Estado, la industria y la academia cuyo mayor exponente fue el Proyecto Manhattan de producción de armas nucleares. En paralelo, este periodo dio origen a la producción masiva de la penicilina, que pasó de ser una curiosidad de laboratorio a un recurso global que salvó millones de vidas. Asimismo, el desarrollo del radar para detectar bombarderos sentó las bases de la navegación aérea civil y la meteorología moderna
Posteriormente, la carrera armamentista nuclear y el desarrollo de misiles balísticos intercontinentales en la denominada Guerra Fría, mantuvieron al mundo bajo la amenaza de una destrucción masiva. No obstante, el impulso por la supremacía tecnológica derivó en la Carrera Espacial y, en efecto, en el desarrollo de las telecomunicaciones satelitales, el GPS e Internet -el proyecto ARPANET diseñado originalmente como una red de comunicación militar- que usamos hoy en día.

Asimismo, durante el siglo XXI el campo de batalla se ha desplazado hacia la robótica y lo digital. La ciencia y la tecnología se manifiestan en el conflicto actual a través de la ciberguerra -como el virus Stuxnet diseñado para sabotear instalaciones nucleares- y el desarrollo de drones autónomos con inteligencia artificial.
Ahora bien, también existe una dimensión que opera en favor del bienestar colectivo. La reivindicación del derecho a la ciencia de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el cual garantiza a todas las personas a acceder, participar y beneficiarse del progreso científico y sus aplicaciones sin discriminación. El movimiento de Ciencia Abierta impulsado por la UNESCO para democratizar el conocimiento científico haciéndolo accesible, colaborativo y transparente a escala mundial. A la par, los conocimientos generados en múltiples disciplinas que extienden las fronteras de lo humano, ayudan a comprender lo que nos rodea y posibilitan una calidad y expectativa de vida mayor a la de otras épocas .
La ciencia no es neutral, por el contrario, es una construcción humana y, como tal, está atravesada por los mismos dilemas morales que definen nuestra especie. La doble cara de la ciencia es el resultado de decisiones políticas, económicas y éticas. Hoy, la apuesta debe ser clara: transitar de una ciencia cerrada hacia una ciencia abierta que garantice que los logros se utilicen primordialmente para el bienestar general y no como herramientas de exclusión o destrucción.
Ante conflictos bélicos, o frente a crisis globales como la pandemia y el cambio climático, el conocimiento debe ser tratado como un bien común. Si el conocimiento es la herramienta más poderosa que hemos creado, no puede estar encadenado a patentes restrictivas o clasificaciones de seguridad nacional cuando lo que está en juego es la supervivencia colectiva. La justicia cognitiva consiste, precisamente, en garantizar que el acceso al progreso no sea un privilegio de pocos, sino un derecho de todos.
Esta editorial es un llamado a la sensibilidad. Nuestra apuesta desde Ideas del Litoral es reivindicar una ciencia con rostro humano, que se indigne ante la injusticia y que ponga toda su capacidad creativa al servicio de una vida y el bienestar colectivo.
