Comunicación pública de la ciencia: la batalla por el sentido

Comunicación pública de la ciencia: la batalla por el sentido

La Licenciada en Relaciones Internacionales de la UNR Natalia Pettinari consideró que transformar la comunicación de la ciencia es necesario para la supervivencia democrática.

Vivimos en un ecosistema cultural donde la información circula a una velocidad de vértigo, pero los marcos tradicionales para procesarla, entenderla y asimilarla parecen haberse disuelto por completo. En este crudo diagnóstico se plantó la Licenciada en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario y periodista de política internacional, Natalia Pettinari, durante su  intervención en el X Congreso Internacional de Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología realizado en la UNR.

Bajo el título “La disputa por la creación de sentido”, Pettinari no se limitó a un análisis técnico sobre las transformaciones de las plataformas digitales y sus algoritmos, sino que su exposición fue un llamado de atención a las instituciones tradicionales del saber. En una época signada por la sospecha generalizada y el cinismo social, el conocimiento científico y académico ya no tiene su legitimidad garantizada de antemano y por esta razón hoy, más que nunca, debe salir a disputarla cuerpo a cuerpo en la inmediatez del territorio virtual.

Para Pettinari, el fenómeno contemporáneo de la desinformación excede por completo la mera irrupción tecnológica de las redes sociales o la masificación de los teléfonos inteligentes. Lo que estamos atravesando a nivel global, argumentó con firmeza, es una profunda y estructural crisis de sentido. Esta crisis ha dinamitado los acuerdos epistémicos y políticos básicos que ordenaron la vida social, institucional y geopolítica en Occidente durante toda la segunda mitad del siglo XX.

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“Durante décadas existieron consensos que parecían pilares indiscutibles del pacto democrático: el valor indiscutido de la universidad pública, la legitimidad metodológica de la ciencia, el rol del Estado como el principal motor de ascenso social, la ONU como la gran ordenadora de la paz global o la propia democracia liberal como el único horizonte deseable para el progreso humano. Hoy, todo eso ha entrado en una fase de cuestionamiento abierto y se debate de manera encarnizada en el espacio público”, advirtió la analista ante un auditorio colmado de científicos, docentes y estudiantes.

La analista enumeró minuciosamente una serie de factores globales y locales que evidencian esta erosión de la confianza institucional. El panorama es complejo: abarca desde figuras de la primera línea de la política internacional que sabotean activamente los sistemas multilaterales que sus propios países ayudaron a construir, hasta el preocupante ascenso de movimientos antivacunas, corrientes antiestatales y discursos de odio que penetran con fuerza incluso en las aulas universitarias, espacios que antes se consideraban blindados contra el pensamiento anticientífico.

En este escenario fragmentado, atomizado y acelerado, la realidad ya no se interpreta a través de marcos comunes compartidos. Lo que se impone en la cotidianeidad es una descarnada guerra de narrativas, un territorio donde el vacío interpretativo dejado por las instituciones tradicionales es llenado de manera inmediata por explicaciones simplistas pero altamente eficaces desde lo emocional. Cuando la academia calla o se encierra en su torre de marfil, el mercado de la atención provee certezas instantáneas para calmar la angustia de una sociedad hiperconectada pero profundamente desorientada.

El minuto contra el algoritmo

Frente a este panorama, surge una pregunta incómoda y vital para quienes producen conocimiento: ¿Cómo se comunica la complejidad geopolítica o científica en un entorno diseñado específicamente para promover la indignación, la polarización y el consumo efímero? Pettinari decidió responder compartiendo su propia experiencia en las redes sociales, un proceso de aprendizaje que le llevó más de tres años de ensayo, error, frustraciones y una paciente decodificación de los lenguajes nativos de las plataformas digitales.

El punto de inflexión absoluto de este largo recorrido ocurrió en marzo pasado, tras la escalada de tensión en Medio Oriente provocada por la decisión del gobierno estadounidense de bombardear objetivos vinculados a Irán en conjunto con las fuerzas de Israel. Ante la proliferación descontrolada de análisis tendenciosos, recortes sesgados y teorías conspirativas de todo tipo en las plataformas, la analista de la UNR tomó una decisión: volcar en un video de Instagram el contenido conceptual básico con el que habitualmente se introduce la materia de Política Internacional en las aulas universitarias

El desafío consistía en explicar, de manera clara pero sin perder el rigor, que Irán es una civilización milenaria persa (y no árabe), cuya población es mayoritariamente musulmana chiita en un entorno regional predominantemente sunita. A partir de allí, buscaba desarmar conceptualmente la idea imperante en los grandes medios y redes sobre la viabilidad de un “cambio de régimen exprés” al estilo occidental en ese complejo territorio.

Aquel contenido desafió de forma abierta todos los manuales contemporáneos de marketing digital, las recomendaciones de los gurúes de la optimización y las directrices de los creadores de contenido comerciales. La duración del video se extendió por 2 minutos y 32 segundos, doblando el límite estricto de 90 segundos que los algoritmos recomiendan para retener la atención antes de que el usuario haga scroll.

Asimismo, el enfoque fue netamente pedagógico y explicativo. Renunció al impacto emocional fácil, a la lógica binaria de “buenos contra malos” y a la espectacularidad morbosa de las imágenes de guerra o destrucción. Y en cuanto a la estética, se priorizó la palabra, el mapa y el contexto histórico por sobre el ritmo frenético de edición que imponen las tendencias actuales.

El resultado estadístico de ese experimento de divulgación seria derribó por completo los preconceptos instalados sobre la supuesta apatía de las audiencias actuales frente a los temas complejos. El video alcanzó casi 12 millones de reproducciones, acumuló más de 150.000 contenidos compartidos y logró un alcance masivo hacia nuevas audiencias, registrando un 95% de usuarios que no formaban parte de su comunidad inicial de seguidores.

Para Pettinari, sin embargo, la métrica que realmente vale oro en este fenómeno comunicacional no es el tradicional “me gusta” —que suele ser una reacción puramente intuitiva, rápida o de validación emocional—, sino los casi 90.000 usuarios que tomaron la decisión consciente de guardar el video en sus perfiles individuales.

“Que alguien guarde un video de política internacional en su teléfono significa que le asignó un valor de uso real. No es un clic de paso ni una interacción al azar; se guardó como una herramienta cognitiva, bajo la premisa íntima de ‘ahora entiendo mejor esto que me preocupaba’. Hubo circulación de interpretación y apropiación del conocimiento, no solo consumo rápido”, analizó.

Este hito derriba, según su perspectiva, la postura soberbia y a veces condescendiente de ciertos sectores intelectuales que miran al público digital con desdén, asumiendo a priori que las mayorías populares solo buscan consumir contenidos ingenuos, vacíos o simplistas. El problema real y urgente, sentenció Pettinari, no es que la ciudadanía civil rechace la complejidad de la ciencia o la política, sino la incapacidad de la academia para contar esa complejidad de una manera accesible, atractiva y socialmente significativa para la vida de las personas.

La asimetría actual entre los generadores de desinformación y los productores de conocimiento es, sin dudas, feroz. Las redes sociales y las plataformas de streaming aprendieron a captar la atención de los usuarios, apelar a sus emociones primarias y estructurar discursos visualmente potentes a una velocidad muchísimo mayor que los científicos, investigadores y comunicadores serios. La consecuencia directa de esta brecha es dramática: en el diseño actual del espacio público digital, la complejidad comunica peor y tiene menos herramientas de difusión que la simplificación radicalizada o la noticia falsa.

Frente a esta encrucijada histórica, Pettinari reivindicó con vehemencia la necesidad de dar la batalla cultural y comunicacional desde el respaldo institucional de las altas casas de estudio. Explicó que ese es el motivo fundamental por el cual en su propio perfil de Instagram resalta con orgullo y en primera línea su condición de graduada de la Universidad Nacional de Rosario.

“Hablo desde ese lugar específico, con un denso respaldo académico e institucional detrás, porque tengo la certeza de que si los que poseemos las herramientas metodológicas de análisis abandonamos esos espacios virtuales por comodidad o elitismo, el vacío no queda libre: lo ocupan de inmediato los gurúes del odio, los influencers desinformados y los discursos de manipulación de masas”, concluyó. Su disertación en el Copuci dejó una lección resonando en el ambiente: en la era de la saturación informativa y la postverdad, dar contexto ya no es solo una opción pedagógica, es una urgencia para la supervivencia democrática.

Periodista: Victoria Arrabal/Foto: Copuci

Fuente: Universidad Nacional de Rosario

Redacción IDL